Historia del pesebre y del arbolito de Navidad

🕔 19 de Diciembre de 2017

La historia del primer “Pesebre viviente”

 

La historia cuenta que en 1219, en plena época de “Cruzadas” (intervenciones militares organizadas por el Papa y los reyes europeos para reconquistar Tierra Santa, que había caído bajo el poder de los musulmanes) San Francisco de Asís emprendió un viaje, que duró varios meses, para entrevistarse con el sultán Malik al-Kamil. Tenía el deseo firmar la paz y asegurarse que los fieles pudieran visitar la gruta de Belén, lugar del nacimiento de Jesús, según los evangélicos Mateo y Lucas (según San Juan el nacimiento de Jesús ocurrió en Nazaret, región de Galilea). La reunión se llevó a cabo pero la guerra continuó. San Francisco retornaba a Asís, frustrado en su intento de paz. La versión más difundida cuenta que el 24 de diciembre de 1223 predicaba en Greccio, Italia, y fue entonces cuando sintió la revelación de que “cualquier tierra podía ser Belén” si las personas sentían en su corazón el deseo de venerar ese momento y recrearlo. Con la ayuda de algunos pobladores, esa Navidad en una granja (otra versión alude a una Iglesia) se representó el “primer pesebre viviente”.

El Nacimiento se prepara el 8 de diciembre, las figuras centrales son María y José a quienes acompañan pastores, la estrella de Belén, ovejas, una mula y un buey. El 24 se incorpora la figura de Jesús y por último el seis de enero los reyes magos.

 

El arbolito de Navidad

 

La historia del árbol de Navidad se inserta en el ancestral culto a los árboles. Las tradiciones, en parte historia, en parte leyenda, coinciden en remontar su origen a la edad media, durante el siglo VIII cuando el sacerdote Bonifacio (que significa bienhechor) obtuvo por parte del Papa la misión de evangelizar a pueblos germanos de costumbres paganas. El misionero y sus compañeros llegaron a una aldea donde, con motivo de celebrar el solsticio de invierno, se iba a sacrificar a un niño en la base de un roble al que consideraban sagrado. Bonifacio, entonces, tomó un hacha, y según cuenta la tradición derribó el árbol. Luego señaló un pequeño abeto y dijo: “Este pequeño árbol, este pequeño hijo del bosque, será su árbol santo esta noche. Esta es la madera de la paz, es el signo de una vida sin fin, porque sus hojas son siempre verdes. Hay que llamarlo el árbol del Niño Jesús; reúnanse junto a él, no en el bosque salvaje, sino en sus hogares; allí habrá refugio y no habrán actos sangrientos, sino regalos amorosos y ritos de bondad”.

Así los pueblos evangelizados tomaron la idea del árbol para celebrar el nacimiento de Cristo, se adornaron con velas que representaban la luz de Jesucristo como luz del mundo y con manzanas que simbolizaban el pecado original y las tentaciones. Con el paso del tiempo las velas se cambiaron por luces y las manzanas por esferas u otros adornos. Las esferas simbolizan los dones de Dios a los hombres y las luces significan la luz de Cristo. El pino siempre verde es símbolo de la vida.

El 8 de diciembre de 1854 Pío IX estableció que María “por privilegio único, fue preservada de la mancha original desde el primer instante de su concepción”. Por ese motivo, la fecha fue declarada como el Día de la Virgen Inmaculada Concepción. Es una costumbre muy difundida que ese día se arme el árbol navideño.

Las costumbres de armar el Pesebre y el árbol realzan el significado de la Navidad, es un momento especial para transmitir mensajes de amor, esperanza, solidaridad. La Navidad también es lo que cada uno con sus intenciones hace de ella, y si las intenciones nacen del corazón van directo a tocar otros corazones.

 

 

* Por Patricia Lasca, profesora de historia.

Nota publicada: 19 de Diciembre de 2017
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